viernes, 15 de diciembre de 2017

10 del Inmortal





 También de dolor se canta
René Cardona, 1950
Divertida comedia tipo screwball en la cual Pedro Infante encarna a Braulio Peláez, silvestre y miope profesor de la primaria de Chipipulco. La terquedad por triunfar como actriz de su hermana Luisa los lleva a envolverse en la industria del cine mexicano en una serie de enredos disparatados. Como en muchas de las películas del ídolo de Guamuchil, los actores secundarios le dan un relieve genial, en este caso la dupla Famie Kaufman “Vitola”-Óscar Pulido y los cameos de Germán Valdés “Tin-Tan” y Pedro Vargas son todo un deleite, así como su propia actuación, en la cual pone por encima al taimado provinciano antes que al galán de fina voz.


Un rincón cerca del cielo
Rogelio A. González, 1952
González tuvo el tino de sacar de su zona de confort interpretativo a Pedro Infante las ocasiones en las cuales lo dirigió; en este caso lo llevó a límites del tremendismo encarnando a Pedro González, provinciano que llega a la capital del país con la esperanza de triunfar laboralmente, pero la vida tiene planes absolutamente contrarios para él y su familia. Por mucho tiempo no quise volver a ver la cinta dado el impacto que me provocó la primera vez que la vi -siendo niño-, pues contiene algunas de las escenas más tristes de nuestro cine, como la secuencia en la cual pintado como payaso, Pedro pide limosna con un plato entre los dientes y en cuatro patas, emulando a un perro, con la dignidad totalmente corroída por las circunstancias.  

Nosotros los pobres
Ismael Rodríguez, 1947
Obra maestra del tremendismo mexicano y la consolidación absoluta de Pedro Infante. Podría decirse que quien no haya visto y sufrido repetidas veces la tragedia de Pepe “el Toro” y “la Chorreada”, no es buen mexicano. El nivel de identificación del público con la tragedia nos lleva a acompañar a Pepe y hacer sus penas nuestras, sus calles las mismas que recorremos y sus habitantes los mismo con los cuales convivimos en el día a día. He ahí la magia, tal vez algo de lo anterior haya tenido razón en los años cercanos al estreno de la película, hoy México es muy diferente, pero el canto, el llanto, la alegría y el gozo siguen siendo los mismos.


Cuidado con el amor
Miguel Zacarías, 1954
El bellísimo rostro de Elsa Aguirre encuadrado en primer plano mientras Pedro hace la mejor interpretación de Cien Años valdría por toda la película. El disparejo Miguel Zacarías logra en esta, tercera de las cuatro en que dirigió a Infante, una comedia romántica de altos vuelos gracias a la química entre la pareja protagónica y la chispa de Óscar Pulido y Eulalio González “Piporro” como los cotorrones “tíos” de Salvador (Pedro Infante) y por cuyas tropelías el joven encuentra el amor, pese a la resistencia de la joven aludida, quien detesta al trío porque gracias a ellos ha perdido su casa; Salvador tendrá mucho trabajo y camino por aprender para conseguir ese amor del cual ha de tener cuidado.


Los tres García
Ismael Rodríguez, 1947
La joya de la corona de la comedia ranchera y el primer gran éxito de la dupla Ismael Rodríguez-Pedro Infante. Tres machos arquetípicos mexicanos se enamoran de su prima norteamericana recién llegada al pueblo y al mismo tiempo deben resolver una antigua deuda de honor familiar, todo ello bajo el estricto y divertido matriarcado de doña Luisa García (Sara García en plenitud). Mención aparte deberían tener las propuestas estéticas y técnicas de Rodríguez, pero eso sería materia de otro análisis. Aquí nos quedamos con la figura de Luis Antonio García, oveja negra de la familia, parrandero, mujeriego, bravucón, pero con un corazón enorme y el favorito de la abuela. Pedro Infante, pues.


La mujer que yo perdí
Roberto Rodríguez, 1949
La menos conocida tal vez dentro de la lista que propongo, pero una que guardo con afecto en la memoria. Pedro interpreta a un joven que mata a la autoridad del pueblo para salvar el honor de su novia, por lo cual debe huir. Herido en la fuga, es atendido por María (Blanca Estela Pavón), indígena que se enamora de Pedro y cuyo amor se acrecenta mientras este destaca como forajido al estilo Robin Hood, mas él no le corresponde hasta que muy tarde se da cuenta del amor perdido. En la memoria tengo clara la pasión de María y cómo carga celosamente los huaraches que Pedro le dio y sigue andando descalza lastimando sus pies, pues le aflige ensuciar su regalo. Una enorme tragedia que debe ser reconsiderada.

La tercera palabra
Julián Soler, 1956
El menor de la “dinastía Soler” dirigió al ídolo de Guamúchil en otra de sus películas atípicas y menos conocidas, mas no por ello menores. Aquí Infante interpreta a Pablo, un montañez alejado de la civilización desde su primera infancia y por tanto en estado “salvaje”. Sus tutoras buscan alguien para educar al “niño” Pablo, labor que ocupa Margarita (Marga López), profesora metropolitana que poco a poco entiende la pureza del alma de Pablo contra la inmundicia de la civilización. Podría casi calificar como drama sicológico y de altos vuelos al reflexionar sobre la muerte, dios (comprendida esta idea como una entidad superior) y por fin, el amor (la tercera palabra) y aunque sea en el sentido machista mexicano emociona fuertemente al corazón. En su tiempo la película causó revuelo por las ideas presentadas y por la secuencia en que Marga, venciendo al pudor impuesto por la civilización, se lanza desnuda a un río.

Escuela de vagabundos
Rogelio A. González, 1955
La versión nacional de Merrily We Live (Un Mendigo original. Mc Leod, 1938, USA) es una de las mejores películas mexicanas en todos los sentidos. Hay una precisión tan absoluta como lúdica en cada aspecto del filme que lo hace vigente y vital. En la mayor parte de quienes actúan hay una fuerza tremenda que la lleva a ser una de las más grandes comedias; los Arieles otorgados por actuación a Blanca de Castejón y Anabelle Gutiérrez lo demuestran y se quedan cortos para la calidad del elenco por completo. De nueva cuenta hay temas memorables, situaciones hilarantes y la preponderancia del ídolo como el culmen del galán divertido. Imprescindible. Yo me quería casar con Miroslava. Buenos días, pecesitos.

La oveja negra
Ismael Rodríguez, 1949
El Tour de force entre Fernando Soler y Pedro Infante es el más grande de las actuaciones del cine mexicano, uno es la fuerza salvaje de la naturaleza, la semilla de la cual nacimos; el otro es la renovación de la vida; ambos la representación de la Época de oro. Con un equilibrio fantástico, Rodríguez logra sintetizar la esencia de aquella identidad nacional que Octavio Paz consideró como intangible con personajes que representan bloques de nuestra sociedad y su posición en el trazo social. Con una sabiduría cinematográfica irrefutable, vamos del Silvano joven y vital que hace bailar a su caballo al mismo personaje que masacrado a manos de su padre le pide que lo mate, pero que antes vaya a ver a su madre. Soberbia. 

La vida no vale nada
Rogelio A. González, 1955
Todo cuanto diga es por completo subjetivo, pero no ausente de motivos.
Pablo Galván camina borracho hasta los huesos a mitad del camino mientras canta El Capiro. No sabe su rumbo. De casualidad llega a la capital. Encuentra un amor del cual huye. Se embriaga. Reivindica a una mujer que luego le desprecia. Se embriaga. Regresa a la casa familiar. Enfrenta un nuevo destino más doloroso que sus estúpidas y cobardes borracheras.
El momento más fino en cuanto a la actuación de Pedro Infante confrontado cada vez con un demonio-ángel más fuerte: la viuda Cruz, con quien podría tener estabilidad; Silvia, la prostituta que redime de manera desinteresada; su madre quebrada por la pobreza y el abandono y al final, trágicamente, Marta; el demonio sexual que ofrece la salvación o el peor destino.
La segunda vez que se canta El Capiro es magnífica, un perfecto punto de quiebre que divide en dos la película, con el inefable Manuel Dondé en su rol de Carmelo, tomando el papel de destinador o maestro. Es una historia triste, cuyo final, en apariencia feliz, sabemos no terminará bien. Y lo lamentamos por Pablo, quien jamás tendrá redención. No puede. No quiere.

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